Después de atravesar fases dominadas por los juegos exclusivamente funcionales, juegos experimentales con objetos y los de fantasía, empieza a asociar experiencias y aprendizajes, a explorar más posibilidades combinando juegos que implican cierta simbolización y abstracción. Este juego aparece a partir de los 2-3 años. No se trata de “el juego por el juego”, ni “la actividad por la actividad”. En él, los niños representan objetos reales por otros a los que les otorgan el mismo significado o asumen funciones de determinados roles realizando acciones “ficticias” como si fueran reales. Ej: utilizar una escoba en representación de un caballo, jugar a los “profes”, a las casitas…
El juego simbólico es una actividad a mitad de camino entre el juego de ejercicio y la utilización de la realidad tal y como es. La fantasía del niño atribuye a los objetos los más diversos significados imaginarios: un trozo de madera puede ser una pistola, una escoba se convierte fácilmente en un caballo.
“El adulto está siempre frente a los niños y es el espejo a imitar aún involuntariamente. El cuerpo de éste es motivación principal para la acción e imprescindible para iniciar la psicomotricidad, la expresión corporal y para facilitar la copia del gesto simbólico” (CAMACHO Y RIVAS).
El lenguaje utilizado es básicamente el movimiento, éste a su vez es generador del juego y la forma natural de expresión del niño. Predomina la acción sobre el lenguaje verbal. En estas edades el niño no distingue con claridad la realidad de la fantasía. Expresa un mundo imaginario, su única realidad es la que él produce.
Los juegos simbólicos o de ficción suelen aparecer hacia los 2½ años como juegos de imitación, desarrollándose hasta los 7 años. En este período de tiempo el juego simbólico va aumentando en grado de complejidad, empezando por una transformación simple de los objetos (una escoba es un caballo), hasta alcanzar la categoría de verdaderos guiones donde los niños realizaran interpretaciones en colaboración con otros compañeros/as y con los objetos que para ello decidan utilizar.
En el juego simbólico la imitación actúa en calidad de instrumento para expresar la realidad vivida por el niño que, por otra parte, no tiene porqué coincidir, mas que groso modo, con la realidad vivida por el adulto. Así, cuando el niño utiliza una silla como si fuera un tren, el gesto del niño sirve para representar el tren tal y como lo ve el niño.
Se suelen considerar el juego simbólico como el juego infantil por antonomasia. La psicóloga rusa MÚJINA piensa que el juego se da realmente sólo cuando el niño realiza una acción sobreentendiendo otra, o maneja un objeto sobreentendiendo otro.

¿Por qué el niño pasa del juego de ejercicio al juego simbólico?

Dos son las razones según Piaget que explican dicho paso y, en consecuencia, la aparición del juego simbólico.
Primeramente, el nivel de desarrollo alcanzado por el niño le permite actuar con sustitutos de las cosas, es decir, utilizar la capacidad representativa, recién aparecida, en el plano de la actividad.
Por otro lado, la falta de capacidad analítica le impide dominar la realidad, cuya complejidad se le escapa, y ajustarse a ella; por ello, tiende a deformarla adaptándola a su modo limitado de pensar y sentir.
Los comienzos del juego simbólico se basan en lo que Piaget denomina esquema simbólico. Consiste en la reproducción de un esquema sensoriomotor fuera de contexto. Al jugar como si se lavara las manos, el niño no hace más que ejercer una acción habitual, pero realizada simbólicamente y no realmente: el esquema sensoriomotor de la acción de lavarse las manos es transportado a otro momento gracias a la función simbólica. En el juego simbólico se evoca un objeto o acontecimiento ausente, puede manipular los objetos en su mente.
De la simbolización de sus propias acciones pasa a simbolizar las acciones de los otros y de las cosas utilizando, en primer lugar, los esquemas que le son familiares: juega a darle de comer al osito, pone a dormir a la muñeca… Seguidamente, cuando comienza a tomar conciencia de que el resto de la gente tiene una existencia separada de él mismo, trata de comprender las actitudes y comportamientos de los otros a través de la imitación. Al principio es lo doméstico: finge leer el periódico, hace como si barre la casa o cocina.

Luego, los juegos se extienden insensiblemente desde la simple transposición de la vida real hasta la invención de seres imaginarios, sin un modelo exactamente calcado de la realidad pero que reúnen elementos de imitación y asimilación deformante en dosis variables. Esa es la característica del juego con muñecas en el cual les hacen jugar a éstas roles que el mismo niño no se atrevería a asumir y les inflinge castigos que no desearía para sí mismo. En estas formas de juego se puede percibir claramente una de las funciones del juego simbólico: asimilar lo real al yo liberando a éste de los inconvenientes de la acomodación.

La evolución continúa en el sentido de que el niño se preocupa cada vez más por la veracidad de la imitación de lo real. El símbolo lúdico evoluciona de manera que sólo constituye el tema central o general de la escena: la casa de la muñeca es lo simbólico pero el niño exige que muebles, trajes y utensilios sean lo más parecido posible a los reales.
En esta etapa aparece el compañero imaginario, personaje inventado que no adquiere existencia sino en la medida en que le sirve al niño de interlocutor y observador de sus proezas.
Hacia los cuatro años aparece el simbolismo colectivo: a los niños les gusta jugar entre dos o más; se prestan las ideas y se imitan, aunque ello no significa todavía un juego socializado. Se trata de una especie de monólogo colectivo transportado al juego simbólico; sólo después de los cuatro años se empieza a pasar del egocentrismo inicial a la reciprocidad: se diferenciarán los roles haciéndose complementarios. En los juegos de este período (jugar a papás y mamás, a médicos, etc.) se puede apreciar la existencia, de un reparto de papeles y de una secuenciación de la acción. La última etapa del juego simbólico evoluciona hacia el juego sociodramático y se diferencia de la anterior en que cada vez existe menos fabulación y fantasía y más proximidad a la realidad. Cada participante en el juego debe asumir su rol y actuar de acuerdo a él y a la
situación en la que se encuentra.

Entre las funciones del juego simbólico, para PIAGET se cuentan:

  • La asimilación de la realidad. El niño empieza descubriendo su entorno. Tras el descubrimiento y la comprobación, vendrá la nominación. Por medio de ella se apodera, de alguna forma, de esa realidad, hasta el punto de que, desde ahora en adelante, podrá usar para expresarse las palabras con que designa los objetos o las acciones. Posteriormente el niño, mediante el juego, revive experiencias que le han sido gratas, como fiestas o espectáculos, que reproduce a su modo. También puede imaginar situaciones desagradables, difíciles o imposibles. De ahí que juegue a la guerra, simule juegos de enfermos y médicos, etc.

  • La preparación y superación de situaciones. Es evidente que el niño tiende a imitar acciones y actitudes de los adultos y de otros niños. Pero no lo es menos que a los niños les gusta representar realidades que no están a su alcance y que tal vez esperan convertir en experiencias. En estos casos proceden como si fueran ellos mismos lo que supone tener otra personalidad. Y además crean en su imaginación los recursos o el entorno para desarrollar sus acciones convencionales. Así les encanta sentirse aviadores, enfermeras… Por lo cual ellos mismos se transforman en aviones y pilotos. Estos juegos favorecen el desarrollo mental y emocional del niño.

  • La expresión del pensamiento y sentimientos subjetivos. Piaget llega a concluir que el juego simbólico es la forma de pensar del niño. Algo así como si la dificultad de pensar sobre sus propias experiencias se compensara con la facilidad que demuestra para representarlas.

Por: Marta Villegas y Beatriz Glez

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