Viendo a nuestros niños tan bien vestidos, bien alimentados y capaces de manipular aparatos tan complejos, que hablan idiomas extranjeros de un modo tan precoz, que practican un deporte en serio, respetando las reglas y aprendiendo los trucos desde los primeros años, a los adultos a menudo se nos ocurre pensar que realmente han tenido suerte. Y en cambio, cada vez se da menos importancia a la experiencia más importante de la vida del hombre y de la mujer: el juego.

El juego que, para ser juego, debe ser libre, sin control del adulto, con otros niños, en lugares libres y accesibles.Del mismo modo que existe un largo debate entre antropólogos y filósofos que plantea la hipótesis de que el juego es anterior y un elemento constituyente de la cultura humana, se puede afirmar con certeza que el juego está en la base del desarrollo individual de todo el hombre o mujer.El niño vive con el juego una experiencia poco frecuente en la vida del hombre, la de enfrentarse a solas a la complejidad del mundo: él, con toda su curiosidad, con todo lo que sabe y lo que sabe hacer, ante el mundo, con todos sus estímulos, sus novedades, sus atracciones. Y jugar significa quedarse cada vez con un trocito de este mundo: un trocito que puede componerse de un amigo, de objetos, de reglas, de un espacio que ocupar, de un tiempo que administrar, de riesgos que correr. Y ningún adulto podrá prever o medir la cantidad de cosas que aprende un niño jugando. Nadie podrá programar o acelerar este proceso, ni impedirlo o empobrecerlo. Y el motor que lo impulsa es el más potente que conoce el hombre: el placer. El juego libre y espontáneo del niño guarda parecido con las experiencias más elevadas y extraordinarias del adulto, como la de la investigación científica, la exploración, el arte o la mística, en las que el hombre se enfrenta a la complejidad y vive la experiencia del placer.

Francesco Tonucci

Por: Marta Villegas y Beatriz Glez

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