La comida es todo un símbolo, tiene una gran carga afectiva para niño y adulto. Los adultos sentimos que tenemos en nuestras manos la responsabilidad de la vida de una persona que está en crecimiento.

La comida toca la sensibilidad de la educadora sobre si está sabiendo ser buena para el niño.


El niño capta que hay un punto débil de los adultos en su relación con él, e intuye que puede establecer una relación de poder, utilizándola para llamar su atención, castigar o premiar,…

Los adultos también utilizan la comida como recurso para suplir un momento de atención afectiva (dar comida para que se calle, por ejemplo). Además de restarle un tiempo de atención, se favorece la obesidad o la bulimia: hay vacíos que no se pueden llenar con comida.

Si un niño no quiere comer, hay un motivo físico o emocional para ello, y tenemos que aceptar esta situación. Puede tratarse de un momento difícil, de la manifestación de una emoción.

FINALIDAD DE LA COMIDA:

SOCIOCULTURAL

Desde la vertiente socio cultural, la principal finalidad es desarrollar la capacidad de la persona de alimentarse de forma autónoma, limpia y correctamente, factor importante de la integración en la sociedad.

AFECTIVA

La comida no puede ser nunca abordada desde el malestar, tiene que ser un momento placentero, de disfrute. Si no está siendo un momento placentero, hay que parar y ver qué pasa.

Si priorizamos tan solo que coma, lo estamos tratando como “un estómago a llenar”, como un objeto, olvidando su consideración como persona, con sus sensaciones. Nos interesa su bienestar integral, fisiológico, afectivo, psicológico, lo que le pasa, lo que siente en el momento de la comida.

EL NIÑO Y LA COMIDA

Cada niño llega a la escuela con las sensaciones vividas y las relaciones establecidas en este momento en su entorno familiar, y no se ha de convertir en una oportunidad de juicio y crítica a su familia. Cada familia tiene su formación, su historia y sus convicciones y lo hacen lo mejor que pueden.

Le hemos de mirar en lo que tiene, en lo que le interesa, no en lo que le falta. A partir de ahí, es posible que en la escuela se le pueda ofrecer otra experiencia con la comida.

Nos lo podemos plantear desde lo que podemos hacer para que este niño obtenga una experiencia más grata. Se pueden hacer muchas cosas según le ofrezcamos nuestra ayuda y mirada. El niño lo va a sentir y algo va a recoger.

APRENDIZAJES

– Masticar, es algo que aprenderá él solo, que requiere su propio ritmo y hay que respetarlo.

– Familiarizarse con nuevos sabores y texturas, que supone una maduración fisiológica, de las papilas gustativas, y, como sabemos, cada persona tiene su proceso de maduración.

En la aceptación de sabores y texturas interviene el gusto individual; las personas son distintas y sus gustos también. Hay que ofrecer y dar tiempo a que la maduración y la experiencia le lleven a aceptar.

– Usar los utensilios: los cubiertos, el vaso.

Normalmente son nuestros objetivos los que determinan el momento en que se ofrecen, en función de la edad.

Es mejor abrir los tiempos y mirar el proceso que lleva cada niño y las necesidades que va teniendo.

Esta es la manera de no encasillar y de no perder los procesos.

– No ensuciarse: se trata de una norma social. El niño al principio controla poco, pero poco a poco lo incorporará como norma de vida. Es importante ir acompañando al niño en este aprendizaje.

– Mantenerse sentado es otro aprendizaje social propio de nuestra cultura. Al igual que en el caso anterior la integración de las normas del momento de la comida las irá conociendo e interiorizando poco a poco.

Tenemos que mostrarle las reglas de la comida en nuestra cultura, distintas a las de otras culturas.

– No molestar al niño o niña que está al lado.

Hay una diferencia entre la comida y el cambio de pañal, y es que en la primera sí hay un aprendizaje que hay que transmitir desde el primer momento.

Por:Marta Villegas y Beatriz Glez

Basado en: Ponencia sobre el Momento de la Comida por Montse Fabrés

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