LA CONSTRUCCIÓN DE LOS LÍMITES

Dependemos de otro para sobrevivir por un tiempo más largo que el de cualquier otra especie. Aquí ya empezamos a construir límites con los hijos. Límites, envolturas corporales y emocionales que comienzan cuidando y atendiendo sus necesidades, sus dolores, sus temores, sus angustias, porque somos nosotros, los adultos, los que le damos sentido a eso que él/ella no puede darle y le atormenta. Buscamos en nuestros saberes, en la cultura, en nuestros vínculos de confianza, en el médico, en nuestra historia… en lo que aprendimos cuando nosotros mismos fuimos cuidados y atendidos; entonces lo arropamos, lo abrazamos, lo miramos, le hablamos, le ofrecemos el alimento, lo envolvemos con caricias, miradas, arrullos, calor, palabra… con PRESENCIA.

Cuando hablamos de límites con niños/as pequeños/as generalmente nos referimos a las estrategias que un niño/a debe construir para convertirse en un ser sociable.

Aprender a considerar y respetar al otro, al semejante, es el punto central sobre el que discurren las dificultades.


Pero el niño/a no puede identificar aún las razones que lo llevan a comportarse así. Al nombrar sus emociones, el susto, el miedo y acompañandolo/a a que las reconozca, y sienta que el adulto está allí, presente para ayudarlo y comprenderlo. Nuestro enojo tiene que poder ofrecer además alguna posibilidad de reparar lo sucedido.

El tono, el gesto y las palabras que utilizamos para poner un límite en estas situaciones portan un mensaje, debe ser coherente, concentrando su atención y la nuestra.

Los adultos utilizamos muchos “NO”, porque cuando la acción del niño/a aumenta nuestro control corporal disminuye y la palabra que contiene la acción en la distancia es “NO”. El espacio, los objetos, las personas…todo se vuelve alcanzable, manipulable, apto para investigar, poseer… Esos “NO” deberían ir acompañados de muchos “SI” para que sobre la base del “SI se puede”, se pueda aceptar lo que no se puede.


Las amenazas no cumplidas, instauran en el vínculo una gran ambivalencia para el niño/a. Por un lado generan desconfianza, incertidumbre y desasosiego y por otro provocan la sensación de que “las palabras se las lleva el viento”, es decir superado el momento el adulto no cumple sus palabras.

La coherencia entre el decir y el hacer del adulto, ORDENA, TRANQUILIZA Y GARANTIZA cual serán las acciones. permite al niño/a saber que el adulto lo quiere, lo cuida, lo protege y soporta su enfado. Es la acción coherente del adulto lo que sostiene y contiene, si el adulto se mueve de su lugar el niño/a se siente abandonado a su suerte.


Nos preguntamos por qué los padre hoy encuentran tanta dificultad en organizar, poner límites en la relación con sus hijos. Los padres sin autoridad no pueden organizar la vida familiar. La cuestión es que modelo de autoridad queremos y como lo imponemos. Es evidente que la generación actual de padres se orienta hacia una organización más democrática de la vida familiar. Así, los padres de hoy han de habilitar un modelo para el que muchos no fueron entrenados, lo cual supone un ejercicio de reflexión y creatividad.

Este proceso de democratización implica la aproximación a modelos de disciplina más razonados, negociados y pactados. Un pacto que tendrá sus límites en una relación donde los padres deciden los términos de la negociación.


No olvidemos que las normas aseguran al niño/a porque marcan el límite de lo posible y las fronteras de la transgresión. Las normas limitan la omnipotencia del niño/a y le permiten asumir la frustración. Si el niño vive la claridad de las normas en su familia, estará preparado para la vida en la escuela y la sociedad, se verá confrontado con el aplazamiento de sus deseos, con el esfuerzo por recompensas…

La calidad de la relación que mantenemos con nuestros hijos está en función de los vínculos emocionales que somos capaces de construir con ellos. Vínculos que precisan tiempo, dedicación y ajuste en la relación.

Los vínculos son los pilares de la relación.

Los límites y la autoridad funcionarán a partir de ellos. Si los hijos no perciben de sus padres la disponibilidad necesaria para crecer tranquilos, aumentará la provocación y la oposición, y la obediencia se convertirá en mera sumisión.

¿Pueden hoy los padre construir relaciones tranquilas con sus hijos en una sociedad tan mediatizada por las prisas, los encargos y exigencias múltiples desde que los niños/as son pequeños/as?


No podemos reproducir modelos del pasado, hemos de inventar la relación con nuestros hijos, hemos de realizas un ejercicio de creatividad para educar. La educación no es solo una cuestión técnica, es una cuestión artística en el sentido de que cada obra es única e irrepetible.

Ser artista requiere dedicación y esfuerzo, pero también sensibilidad y comprensión de nuestros propios recursos.

Nuestra influencia desaparece con la edad. Por eso los primeros años deberíamos abandonar ocupaciones, prisas y compromisos para estar en condiciones de ejercer como padres con tranquilidad. La educación requiere tiempo, un tiempo para disfrutar y compartir con nuestros hijos, un tiempo en el que crearemos vínculos especiales que nos darán ilegitimidad para el ejercicio de la autoridad.


Si somos capaces de construir estos vínculos, estaremos en mejor disposición para contener y controlar la conducta de nuestros hijos, sus excesos y sus impulsos.

La contención es la base de los límites. Contenemos a nuestro hijo/a cuando le miramos, cuando le acompañamos, cuando jugamos con él/ella, cuando le escuchamos y cuando le hablamos. Le ofrecemos así un espejo de su propia imagen y de nuestra relación con él/ella, que puede guardar y recordar.


La cuestión es el acompañamiento particular que cada padre y madre construye con su hijo/a, a partir de su propia historia y también de la manera particular de ser y estar con cada niño/a.

Quizás también la educación de nuestros hijos/as comparta esta transcendencia y nos lleve más allá, sobre nuestros límites emocionales, lo que implica nuestra propia historia pasada en relación con nuestros padres, sobre todo aquello a lo que definitivamente nos enfrentan nuestros hijos.


Por ello es tiempo de la educación, es tiempo de la escucha en profundidad y de la reflexión.

Deberíamos devolver el protagonismo a los padres y madres y que se conviertan en verdaderos artífices de la educación que quieren para sus hijos.

Por: Marta Villegas y Beatriz Glez

Basado en: Artículos

“La construcción de los límites en los primeros años de vida” Lidia Susana Maquiera

“Padres con niños difíciles:¿un debate posible desde la televisión?” Lola García Olalla

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