Relacionarse entre hermanos enseñan a los niños como son ellos mismos, cómo son los demás y cuáles son las normas sociales que rigen estas interacciones.

La socialización comienza cuando el niño empieza a relacionarse, es decir, desde que nace. Empieza con las figuras de apego, continúa con los hermanos y se hace extensivo a más miembros de la familia y a  instituciones como la escuela.

Cuando el niño nace no es consciente que es un ser independiente y cree que está vinculado todavía a su madre, que son uno. Poco a poco, con la comunicación, el contacto físico, el movimiento… se va dando cuenta de su cuerpo, de sus sensaciones y percepciones, es decir, de sí mismo como un ser único. Relacionarse con hermanos les hace conocerse mejor, saber qué tienen que mejorar y en qué son verdaderamente hábiles. Los hermanos son como un espejo, un reflejo de si mismo, de donde aprenden.

Pero no sólo se conocen a sí mismo, sino también comienzan a conocer las normas sociales y valores morales, los cuales no se pueden aprender si no es a través de situaciones reales y de la experiencia. La colaboración y participación, la ayuda y el respeto, la solidaridad… no se enseña, se practica en la relación entre hermanos.

El niño que convive en una familia numerosa tiene una relación entre iguales mucho más amplia. Le enseña que existen otras personas, todos con los mismos derechos de ser feliz. Tienen hermanos de edad muy próxima que entienden como niño, que aprenden a dominar sus emociones en términos de “nosotros” y no de “yo”, a “vivir y dejar vivir”, a cuidar de uno mismo y sin embargo, a tener en cuenta los derechos de los demás.

Por: Marta Villegas y Beatriz Glez

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