La escuela es el sistema encargado de transmitir conocimientos, normas y costumbres necesarias para incorporarse a la vida social en las sociedades más desarrolladas, uno de cuyos objetivos más importantes es la preparación del individuo para el desempeño de un rol en las estructuras sociales propias. La naturaleza de las relaciones con los adultos y con los iguales son diferentes en la escuela y en la familia y las actividades compartidas varían sustancialmente:

  • Las actividades de la familia están insertas en la vida cotidiana, mientras que las de la escuela están diseñadas y planificadas de acuerdo a unos fines y objetivos.
  • El contenido de las actividades familiares es de consecuencias prácticas inmediatas; el de muchas de las actividades de la escuela es a largo plazo.
  • El aprendizaje familiar del niño sucede en estrecha relación con las personas del círculo más inmediato. En el contexto escolar suele darse en gran grupo.

Los efectos de la escolarización se manifiestan en el rendimiento académico, en el progreso cognitivo e intelectual general del niño, y en el desarrollo personal y social. Analizando la escolarización en cuanto agente de socialización, Vega señala tres facetas  cuyos efectos han sido más estudiados en el contexto de la educación infantil: el sentido del yo; su ajuste personal a la escuela y sus relaciones sociales.

a) El sentido del yo, la autoestima o la identidad personal comienza a configurarse en el contexto familiar. La influencia de la educación infantil en la identidad personal parece ser que no es independiente del apoyo de los padres. Se ha encontrado en diferentes programas de educación infantil que la contribución de la escuela se desvanece pronto si los padres no se implican en ellos.

b) La adaptación del niño a la escuela se puede observar en sus actitudes hacia la propia escuela, en la motivación, en los comportamientos aceptables en la escuela (como la iniciativa), en el trabajo, en la conformidad y en la posible ansiedad o fobia que pueda despertar la situación escolar. La mayoría de los niños tienen al comienzo actitudes positivas y van contentos al centro de educación infantil. Sin embargo, al cabo de algunos años de escolarización  la situación se invierte y las actitudes tienden a ser más negativas. En cualquier caso, la educación infantil favorece una mejor adaptación a la situación académica en los años de primaria.

c) Los efectos de la escuela se manifiestan también en las relaciones sociales. Los niños que asisten al centro de educación infantil interactúan más frecuentemente y a edades más tempranas con un igual, tanto en ambientes naturales como en situaciones de prueba, viéndose favorecido globalmente el desarrollo social del niño. Los niños que participan de la educación infantil son más sociables, flexibles y amistosos. Y mejoran en sus habilidades interpersonales y en la madurez social.

EL PAPEL DEL CENTRO CON NIÑOS Y NIÑAS EN SITUACIÓN DE RIESGO SOCIAL

La experiencia demuestra que los niños que en un futuro van a presentar problemas escolares, ya a la edad de 3 o 4 años presentan determinados “signos” que les diferencian del resto de sus compañeros. Esto hace que todo educador de educación infantil se deba plantear la prevención de problemas de tipo social desde una doble perspectiva: especificar los factores que los provocan e intervenir en los mismos lo antes posible. El derecho de todos los niños y niñas a la educación hace que la escuela sea un lugar privilegiado para detectar, prevenir y proteger a los que se encuentran en dificultades por el contexto familiar o social en el que viven. Hay niños que sufren una situación familiar, social o escolar negativa, que lejos de favorecer su desarrollo, lo comprometen, negándole la oportunidad de crecer, y sumiéndole en unas condiciones que deterioran su persona, frente a las que puede ir adoptando conductas propias de la marginación infantil. Estas situaciones en las que los niños necesitan ayuda, en mayor o menor medida, se definen como riesgo y desamparo. Están constituidas por un amplio abanico en el que se incluyen:

  • El abandono del niño.
  • El incumplimiento de los deberes paternos: desatención, descuido de su salud…, sea este involuntario o por imposibilidad.
  • La inseguridad, producida por graves desestructuraciones familiares: drogadicción, alcoholismo, delincuencia, incapacidad física o psíquica de los padres, violencia…
  • Las discriminaciones sufridas por razón de raza, sexo, minusvalía o enfermedades.
  • Los abusos físicos sufridos dentro o fuera de la familia.
  • Los abusos psíquicos: desafecto, desvalorización, amenazas, aislamiento, ofensas verbales, terror…
  • Los abusos sexuales de cualquier tipo.
  • La explotación en cualquiera de sus formas. Las situaciones de las que hablamos no se producen esporádicamente, van conformando un patrón de conductas hasta constituirse en un modo de vida que se prolonga en el tiempo. Pasan de constituir un riesgo, que puede ser compensado con una ayuda social adecuada, a convertirse en un prejuicio claro, un desamparo, del que es imprescindible protegerlos.

Frecuentemente los niños en dificultades no hablan de su situación; están sobrepasados por ella, creen que es normal o que la merecen; están confundidos y tienen miedo, se sienten amenazados y no confían en los adultos.
Desde la escuela se puede dar cuenta de que algún niño:

  • Tiene mal aspecto físico: desnutrición, ropa inadecuada, suciedad.
  • Se duerme, parece siempre cansado y somnoliento, no puede atender, está triste.
  • Cuando enferman, sus dolencias se prolongan o se repiten sin ser atendidos sanitariamente.
  • Muestran reiteradas señales de abuso físico: hematomas, quemaduras, rozaduras, dolores o fracturas inexplicables, pelo arrancado.
  • Asiste muy irregularmente a la escuela o deja de asistir de pronto y sin explicaciones.
  • Nunca se sabe quien va a recogerlo al colegio o se olvidan de ir a buscarle o, sencillamente, no quieren volver a casa.
  • Presentan serias dificultades en la escuela; no aprenden, no pueden fijar la atención…
  • Tienen una conducta muy alterada y negativa.

El sistema educativo tiene como fin la EDUCACIÓN DE TODOS los niños y niñas, y por ello, los tiene a su cargo durante un largo periodo de su vida. La escuela tiene la obligación de constituirse en instrumento privilegiado para compensar desigualdades y prevenir desajustes personales y sociales. En la medida en que el maestro cumpla su función tutorial, se encuentra en una posición óptima para detectar algunos problemas.

La intervención educativa ante esta problemática debería partir  de lo que la pedagogía moderna denomina como “enfoque ecológico”, pasa por el potenciamiento de entornos normalizados como hábitat de los niños en situación de riesgo social o con necesidades educativas específicas. Dicho enfoque se concreta en 4 principios a destacar en estos entornos normalizados:

1. Normalización: las personas con algún tipo de  disminución (a cualquier nivel) deberán de poder disfrutar de unas condiciones de vida lo más parecidas posible al resto de la sociedad.

2. Sectorización: el individuo debe poder utilizar los servicios de la comunidad en la que vive.

3. Integración: se facilita que el individuo participe del grupo disfrutando de todos sus derechos y en la medida de sus posibilidades.

4. Individualización: conjunto de adaptaciones precisas para ajustar objetivos, estrategias…

Esto nos llevará a un proceso de adaptación entre cada niño y su entorno. Se trata de adaptar, en la medida de lo posible, todos y cada uno de los elementos que configuran la vida cotidiana del niño:

– Actividades propias de la rutina diaria

– Los juegos que normalmente se realizan

– Los juguetes y materiales que se utilizan

– Las situaciones excepcionales: fiestas excursiones…

Esta adaptación debe ser hecha con sus objetivos y puesta en funcionamiento de tal manera que no entorpezca la relación normalizada con los niños. La existencia d situaciones de riesgo social es, en sí misma, motivo de constante revisión de objetivos, actividades, funcionamiento, actitud… y este hecho debe ser analizado como un elemento favorable a la calidad de la intervención educativa.

Por: Marta Villegas y Beatriz Glez

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