Los niños/as tienen la necesidad de expresar sus deseos, y para ello cuentan con infinidad de recursos , estrategias y energía que cada uno manifiesta de una forma para mostrarnos su estado interior, desde el que sólo dirige una sutil mirada suplicante ante situaciones que le agobian, hasta el que ante lo más mínimo grita muy angustiado.

También tenemos que tener en cuenta la gran diversidad de matices que cada uno hace intervenir en su expresión, desde la voz (gritos, susurros…) hasta el silencio, desde el movimiento hasta la quietud, desde el gesto a la inexpresión, desde el acercamiento hasta la distancia….

En su conjunto y cada uno de ellos requiere una gran capacidad del adulto quien debe ser capaz de advertir cuándo se trata de verdaderas “llamadas de atención” por parte del niño/a que debe ser atendidas con urgencia.

El adulto debe saber que todo ello constituyen peticiones que se le dirige y que debe poder entender y siempre atender, pero también debe contemplar las peticiones inmediatas que hay que atender con urgencia (cuando un niño/a se hace daño…) y las que nos sugieren una necesidad más profunda y emocional por parte del niño/a. Hay niños/as que aparentemente puede parecer que “llaman la atención” sin motivos, pero en su interior tienen necesidades emocionales no resueltas. El adulto tiene que intentar buscar el porqué, investigar que esta viviendo el niño/a que le hace reclamar la atención del adulto, descubrir los motivos por los que el niño/a tiene un conflicto emocional…

Los niños/as necesitan que quién  esta con él/ella perciba y atienda las señales externas de su vivencia. El niño/a sabe lo que siente pero no percibe la expresividad de sí mismo y le es necesario ir tomando conciencia de esa vivencia y de su significado. El único camino para poder descubrirlo es que el adulto se lo muestre a través de la lectura de su expresividad.

Es el camino e la autonomía, en la toma de conciencia de las propias emociones, sentimientos, vivencias, deseos…y esa toma solo es posible partiendo del reflejo  que le desprende el adulto. Este espejo se consigue con la ATENCIÓN a la expresividad y comunicación del niño/a, por parte del adulto.

Porque escuchar no significa complacer, significa estar atento. Y saberse escuchado es saber que el otro ha entendido aquello que le trasmite.

La percepción de aquello que desean, temen, necesitan…es conocido y detectado por el adulto y con ello se genera la conciencia de seguridad.

El descubrimiento, el conocimiento que ello supone para el niño/a, que en estas edades esta todavía inmerso en sus propias emociones y la dificultad para tomar conciencia de ellas, para conducirlas de forma progresiva e intencionada y por lo tanto contenida. En este proceso encuentra sus raíces la aparición y desarrollo de las capacidades lingüísticas.

Por: Marta Villegas y Beatriz Glez.

Basado en: La Seguridad Emocional en la Educación Infantil por Vicens Arnaiz

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