El niño/a inestable es sometido a una fuerza motriz que no puede controlar a pesar de las llamadas a la calma que le dirigen los adultos de forma repetida. Esta fuerza incontrolable es una pulsionalidad motriz que se descarga sin aparente razón de ser.

La metáfora de un torrente de agua que desciende por la montaña y destruye todo su paisaje sin intención de destruir, ilustra bastante bien la PULSIONALIDAD MOTRIZ.

La inestabilidad infantil es vivida por el entorno como un retraso de maduración psicológica, pues el dominio voluntario del movimiento, la quietud del cuerpo, son sinónimo de la evolución del niño/a y garantizan la atención, la concentración, la comunicación y el lenguaje es decir, la maduración afectiva e intelectual.

El niño/a cuando se encuentra en un espacio de seguridad afectiva donde es reconocido y se siente querido es mucho menos inestable.

La inestabilidad no existiría como un comportamiento aislado sino que no puede comprenderse mas que en relación a la ausencia de una relación segurizante y contenedora que los adultos deben comprender.

Así, la inestabilidad sería el síntoma de una inseguridad afectiva que no  permite la transformación de la pulsionalidad motriz en interacción y en comunicación.

La seguridad afectiva se construye en el niño/a a partir de interacciones que el bebé vive con su figura materna cuando recibe cuidados.

Las interacciones permiten al bebé integrar en su cuerpo el olor,el contacto, el tono de las posturas y de los movimientos, el ritmo de los desplazamientos, la voz… que su figura materna le transmite. Esta incorporación facilita el proceso de identificación que seguriza al niño/a y abre la vía de la conquista progresiva de la identidad y de la autonomía, se trata de un proceso largo y delicado.

El niño/a inestable que no ha vivido la calidad de las interacciones, estará siempre a la búsqueda de la identificación y en déficit de identidad. Durante las interacciones entre el niño/a y la figura materna los dos se transforman a nivel sensorial, tónico, emocional, viven transformaciones mutuas que favorecen la evolución de la pulsionalidad motriz originaria, una gestualidad cargada de sentido, de comunicación.

El niño/a inestable está en déficit de comunicación, de ahí su aislamiento y su agresividad pues la comunicación supone la escucha, la descentración emocional del otro.

Las transformaciones de ambos están en el origen de un placer común que tiene por función unificar el cuerpo del niño/a. La unidad es la memorización corporal, la interiorización de las experiencias de transformación vividas durante las interacciones. El niño que no vive ésto tendrá una unidad frágil que dejaría espacio para las angustias que provocan descargas emocionales excesivas.

El niño/a inestable está a la búsqueda de una persona que le ofrezca una relación segurizante, una persona sensible a sus emociones, que pueda poner palabras sobre el dolor, un adulto tranquilo que dé la palabra a este niño/a para que sea escuchado como un ser que sufre.

Por: Marta Villegas y Beatriz Glez, basado en Bernard Aucouturier

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