Vivimos en un mundo en el que el sonido adquiere la condición de ser uno de sus principales protagonistas. Los sonidos nos envuelven, nos rodean, forman parte indispensable de nuestra realidad diaria. Pueden crear momentos de tensión o relajación, de alegría o de tristeza…
Cuando los sonidos los consideramos desagradables, hablamos de ruidos. Nuestra vida cotidiana está repleta de ellos y es importante defendernos de su negativa incidencia y contribuir a su eliminación.

En la primera infancia se define y establece la relación con el mundo sonoro, el niño se encuentra receptivo para dar entrada a los estímulos sonoros, que gradualmente irá elaborando e integrando. El niño aprende rápidamente que él puede ser fuente de sonidos: sus risas, llantos, gritos reflejan descubrimientos diarios de sonidos con multitud de combinaciones y variaciones. Su propia voz le hace sentirse artífice y protagonista de la música que interpreta y vive.
El sonido es la sensación auditiva provocada por las vibraciones regulares y periódicas de los cuerpos transmitidas a través de un medio. Cuando estas vibraciones son periódicas y ordenadas, se convierten en sonidos. Si son desordenadas, ruido. La ausencia de ruido o sonido es el silencio.

En música, el silencio es la interrupción más o menos larga del canto o discurso instrumental, que se indica con signos especiales en la música escrita. El objetivo del descubrimiento del silencio es que los niños sean sensibles al mismo y lo perciban en las actividades musicales.

A través de una formación auditiva y de una sensibilización de las diferentes sonoridades, los niños pueden aprender a diferenciar los sonidos de los ruidos, y de este modo afinar la percepción de las sensaciones sonoras. El niño aprenderá a observar y a experimentar en el entorno todo aquello que produce ruido o sonido, para llegar, más tarde, a su distinción, clasificación, organización y a la propia creación.

Así, en Educación infantil, es necesario que el niño enriquezca sus experiencias auditivas, reconociendo los efectos sonoros de la naturaleza y del ambiente humano. Para que los niños lleguen a alcanzar la concentración auditiva, podríamos tener momentos de silencio (ausencia de sonido o de fuentes sonoras) ante una señal determinada y hacerles escuchar los “sonidos” que surgen del aparente “silencio”. Desde la edad infantil, hay que fijar en los niños el concepto de silencio. Relacionar silencio-reposo; sonido-movimiento.

De todo lo expuesto se deduce que el sonido y el silencio deben considerarse como dos de los principales objetos de estudio de la educación musical en la etapa infantil.

 

Por: Marta Villegas y Beatriz Glez

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