“A mi hijo le han mordido”, “Se ha peleado con otro niño”. Éstas y otras expresiones son muy comunes entre los padres de los niños, pero hay que ver hasta dónde es normal y hasta dónde es una dificultad.

Es lógico que la vida en grupo suponga conflictos y dificultades en los niños y niñas en la etapa infantil. No suelen ser graves, se van solucionando con la ayuda del adulto. El autentico conflicto proviene de actitudes inadaptadas de niños a los que les resulta difícil incorporase a esta vida en grupo. Estas formas negativas de conducta las podemos clasificar en:

1. Agresión abierta: niños que se manifiestan con hostilidad saltándose la autoridad y los controles. Es una postura de desafío hacia el adulto y hacia los otros niños, a través de palabras insultantes, peleas, destrucción de objetos, fuertes rabietas…

2. Agresión encubierta: los celos y el odio que a veces se presentan como defensas que el niño utiliza para controlar e inhibir la expresión abierta de agresión.

3. Agresión negativa: puede aparecer de muchas formas; reacción de oposición, negativismo, conductas resistentes; el niño hace casi sistemáticamente lo contrario de lo que se espera de él. Esta conducta, cuando no es exagerada, es sólo un modo normal de desarrollo. Prueba con ella sus relaciones sociales.

4. Aislamiento y reacción depresiva: niños apáticos, indiferentes, cohibidos que evitan la relación con los adultos. El niño con este tipo de inadaptación se vuelve muy susceptible a las críticas y las observaciones, mostrándose por lo general sumiso y obediente.

El adulto deberá siempre estar alerta para vigilar que estas conductas no persistan en los niños, volviendo a subrayar lo importante de una atención individualizada. Nuestros esfuerzos irán encaminados a que el niño adquiera confianza en sí mismo, para lograr que aumente su autoestima, y por lo tanto la aceptación de sí mismo que le conducirá a la adaptación de los demás. Para desterrar estas conductas el adulto tendrá que:

• Aportarles la manera de dominar y controlar su irritabilidad, ofreciéndoles experiencias motivadoras. Por ejemplo, respirar, correr o hacer alguna actividad que le guste.

• No ofrecerles, para calmar su agresividad, juguetes u otras recompensas materiales, pues momentáneamente se calman, pero después exigen nuevamente la recompensa.

• Ponerles en contacto con otros niños que en sus mismas circunstancias mantienen otro tipo de conductas, Así la actividad de estos les conducirán progresivamente a modificar su comportamiento.

• Brindarles en todo momento ayuda; que sepa ver la persona que le estima a pesar de que le repruebe sus actos.

La estrategia podríamos resumirla en reforzar positivamente la conducta deseada e ignorar sistemáticamente las conductas inadaptadas. También hay que considerar que no podemos tener normas de conducta “inflexibles” aunque si unos criterios claros que se aplicarán de acuerdo con el ritmo de desarrollo de cada niño. Para eso es necesario llegar a conocerle, captarle y aceptarle sabiéndonos adaptarnos a él.

La escuela como institución socializadora cumple un papel fundamental en los procesos de socialización, trasmitiendo pautas y normas aceptadas y configuradoras de lo “social”. Pero la escuela de una sociedad moderna, ubicada en los principios democráticos, debe propiciar el desarrollo de las capacidades creativas y regeneradoras de cambio de la sociedad futura. El centro de educación infantil tiene una labor primordial en la prevención e intervención con los niños en situación de riesgo social; si bien es cierto que la escuela es lo que denominamos una comunidad sociocultural. Por todo ello, su papel no puede, ni debe actuar al margen de otros contextos; la mejor prevención es aquella que se anticipa al problema, y aquí la educación infantil desde una intervención individualizadora e integradora, ofreciendo una respuesta educativa, cumple un papel de suma relevancia tanto en la prevención como en la compensación de desigualdades.

Por: Marta Villegas y Beatriz Glez

Anuncios